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El diablo es mucho màs directo, mucho màs franco de lo que suele pensarse, y detesta todas las restricciones mentales y los subterfugios.

Engañado, en el curso de la Edad Media, por los constructores de puente y catedrales que no l e concedìan alma, y que le daban el cuerpo de un gato o de una cabra, el diablo se ha vuelto desconfiado. A partir de entonces exigirà un compromiso formal a toda persona que quiera ser su ministro.
Les propondrà que firmen un pacto donde se estipulen las obligaciones mutuas.
Siempre existe la posibilidad de negarse a firmar el pacto, nadie se convierte en su esclavo del demonio sin su pleno consentimiento, segùn afirma Juan Tritemes en su "Antipapalus maleficarum".
firmar un pacto con la intenciòn de denunciar las clàusulas o de hacerlo pedazos antes de que se venza representa un peligro cierto. El diablo puede ver la intenciòn de los que, queriendo pasarse de listos, pretenden engañarlo.
El pacto que se hace inmediatamente despuès de invocar a las potencias infernales se llama pacto expreso : Pactum expressum cum daemone, pero èl puede intervenir de manera ocasional. El pacto tàcito: Pactum tacitum es el que sigue al heber leìdo un libro de magia caìdo en manos supersticiosas. De esta manera, esa persona curiosa llega a soñar al demonio depues de hojear ese libro lleno de imagenes eròticas o extravagantes.
Se dice de un cura que pensaba màs en las muchacha que en sus deberes parroquiales (y como no digo yo, si a misa y a muchas iglesias las jovenes mas bien parece que van a un desfile de moda que a alimentar su espìritu, asi que por ese lado no culpo a los curitas) y el diablo lo sorprendiò en sus lescturas:
"Que me daràs si te doy todo lo que deseas? , Que quieres de mì, dime y te lo darè" , asì nos pusimos de acuerdo y èl me pidio una promesa escrita que decìa lo siguiente: "renuncio a todos los bienes, tanto espirituales como temporales que pueden serme otorgados por parte de Dios, la virgen Marìa y de todos los santos y me entrego en cuerpo y alma a lucifer aquì presente, con todos los bienes que poseerè (salvo el valor de los sacramentos para no perjudicar a quienes los reciban). Firmado. "
No solo se hacìan pactos por amor al dinero o lograr el amor de alguien, tambien el deseo de conservar la juventud o el don de la inmunidad, la fuerza invencible era otra opciòn, es posible pedir cualquier cosa al señor de las tinieblas, hasta la suerte en el juego ......
A veces el amor satànico bastaba para firmar un pacto. el diablo es vanidoso y desea ser solicitado y que se le adore. Las mujeres, llevadas por su pasiòn frenètica entregan fàcilmente a los demonios su alma, su cuerpo y su vida incluso como en el siguiente pacto escrito con su propia sangre Marie de Sains :
"Te prometo, ¡oh belcebù !, que te servirè toda mi vida y te doy todo mi corazòn y toda mi alma, todas mis facultades, todos mis sentidos y todo mi cuerpo, todas mis obras, todos mis deseos y suspirosy todos los afectos de mi corazòn, todos mis pensamientos... te doy toda mi vida y aunque tuviera mil vidas todas te las daba por que tu lo mereces y porque tu lo quieres y porque te amo. "
El gran grimorio està considerado como uno de los libros màs autorizados en lo concerniente a los pactos diabòlicos. Resulta difìcil, como ocurre con todos los grimorios, datar la fecha exacta de su redacciòn, al no haberse localizado ningùn manuscrito anterior a la fecha de su impresiòn, que ocurrio en el siglo XVlll... Atribuido oficialmente a Antonio del Rabino, un mago veneciano que afirmaba haber redactado la obra basàndose en textos autògrafos del mismìsimo rey Salomon, en el gran grimorio se especifica con detalle como invocar y pactar con lucifer rofocal. Consciente de los riesgos que encerrarìa el pacto con el diablo el gran grimorio incluye toda una serie de clàusulas llenas de dobles sentidos, triquiñuelas y escapatorias que permiten burlar al diablo cuando èste se presente para reclamar su parte en el pacto, al fin y al cabo, toda una eternidad de tormentos inenarrables, a cambio de unos pocos años de beneficios materiales, no son un buen negocio para nadie...
Sacado de aqui: http://www.escalofrio.com/n/Misterios/Pactos_con_el_Diablo/Pactos_con_el_Diablo.php
Firmas de los principes del infierno.

El sello satanico.
La firma solìa ir acompañada de un intercambio de objetos. Satanàs se conformaba con poco, con tal de que se lo dieran de buena gana y luego luego, al cabo lo que le interesa es el alma y no los objetos. Sin embargo, preferìa un mechon de pelos o algunas gotas de sangre.
Muy variable en cuanto su duraciòn, el pacto a veces se confirmaba con la marca que satanàs imponìa a sus nuevos discipulos, los demonòlogos consideran que los grandes brujos no estan marcados y si lo estàn es en una parte de su cuerpo tan secreta que es imposible descubrirla.
Al poner su sello, estigma diabolicum, spatula o sigillum diaboli, el maligno trata sobre todo de borrar las huellas del bautismo. ademàs de que lo hace para tratar de eludir a la justicia ya sus ministros, a menudo las imprime en lugares tan sucios como en el fundillo Damiàn o en los genitales.
El sadismo anal, tal vez inconsciente entre los inquisidores y los jueces los movìa a examinar muy de cerca las partes "vergonzosas". Colocadas cercas del CYR-ano, las marcas indicaban en sus poseedores costumbres pasivas que merecìan unamuerte exquisita, asi el crimen e volvia triple, era a la vez la hechicerìa, la sodomìa y la bestailidad, porque el diablo a menudo los los poseìa en forma de animal.
En fin, los pactos con el diablo no son siempre iguales, depende el individuo, motivo o la necesidad por el cual se desea hacer el pacto con el diablo.
Las consecuencias.
Incluso algunos de los màs devotos satanistas señalan algunos delos riesgos que entrañan este tipo de ceremonias. El pacto satànic, dicen, no es un juego para curiosos sino un compromiso para toda la eternidad.
Quien vende su alma la diablo es vìctima de su propia debilidad y ambiciòn y no vacila para lograr sus deseos en vender su alma al diablo sin importarle las consecuencias, sabiendo que en algùn momento tendrà que pagar sus deuda. Asì es que termina perdiendo todo y condenando su ser, destruyendo su vida y todo lo que màs amaba.
El precio de vender el alma es muy alto, el comprador es implacable y paciente para cobrar y devorar a sus vìctimas. La tentaciòn es grande, pero el precio a pagar nunca es barato.... sacado de aqui:
Sacado de aqui: http://www.escalofrio.com/n/Misterios/Pactos_con_el_Diablo/Pactos_con_el_Diablo.php
Sacado en su mayorìa de un artìculo de la revista "Oculto" y de otras fuentes que se indican al final de ciertos parrafos pa que no empiezen eh !!!!.............
Este tema es muy vasto y solo quise tratarlo muy ligeramente, ah y les dejo un cuento muy bueno, la primera vez que lo lei yo tenìa como 9 años y la neta me latiò machìn pero durè varios dias durmiendo con la luz prendida, jaja...
Un pacto con el diablo.
Autor: Juan José Arreola
Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.
-Perdone usted -le dije-, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?
-Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.
-Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?
-Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.
-¿Siete nomás?
-El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.
Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté:
-En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más?
-El diablo.
-¿Cómo es eso? -repliqué sorprendido.
-El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió.
-Entonces el diablo...
-Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted.
Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió:
-Ya llegarás al séptimo año, ya.
Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar:
-Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez?
El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos y dijo sin mirarme:
-Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted?
-Siendo así...
-En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza.
Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos:
-Usted acaba de decirme que el alma de Daniel Brown no valía nada: ¿cómo, pues, el diablo le ha dado tanto?
-El alma de ese pobre muchacho puede mejorar, los remordimientos pueden hacerla crecer -contestó filosóficamente mi vecino, agregando luego con malicia-: entonces el diablo no habrá perdido su tiempo.
-¿Y si Daniel se arrepiente?...
Mi interlocutor pareció disgustado por la piedad que yo manifestaba. Hizo un movimiento como para hablar, pero solamente salió de su boca un pequeño sonido gutural. Yo insistí:
-Porque Daniel Brown podría arrepentirse, y entonces...
-No sería la primera vez que al diablo le salieran mal estas cosas. Algunos se le han ido ya de las manos a pesar del contrato.
-Realmente es muy poco honrado -dije, sin darme cuenta.
-¿Qué dice usted?
-Si el diablo cumple, con mayor razón debe el hombre cumplir -añadí como para explicarme.
-Por ejemplo... -y mi vecino hizo una pausa llena de interés.
-Aquí está Daniel Brown -contesté-. Adora a su mujer. Mire usted la casa que le compró. Por amor ha dado su alma y debe cumplir.
A mi compañero le desconcertaron mucho estas razones.
-Perdóneme -dijo-, hace un instante usted estaba de parte de Daniel.
-Y sigo de su parte. Pero debe cumplir.
-Usted, ¿cumpliría?
No pude responder. En la pantalla, Daniel Brown se hallaba sombrío. La opulencia no bastaba para hacerle olvidar su vida sencilla de campesino. Su casa era grande y lujosa, pero extrañamente triste. A su mujer le sentaban mal las galas y las alhajas. ¡Parecía tan cambiada!
Los años transcurrían veloces y las monedas saltaban rápidas de las manos de Daniel, como antaño la semilla. Pero tras él, en lugar de plantas, crecían tristezas, remordimientos.
Hice un esfuerzo y dije:
-Daniel debe cumplir. Yo también cumpliría. Nada existe peor que la pobreza. Se ha sacrificado por su mujer, lo demás no importa.
-Dice usted bien. Usted comprende porque también tiene mujer, ¿no es cierto?
-Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina.
-¿Su alma?
Hablábamos en voz baja. Sin embargo, las personas que nos rodeaban parecían molestas. Varias veces nos habían pedido que calláramos. Mi amigo, que parecía vivamente interesado en la conversación, me dijo:
-¿No quiere usted que salgamos a uno de los pasillos? Podremos ver más tarde la película.
No pude rehusar y salimos. Miré por última vez a la pantalla: Daniel Brown confesaba llorando a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.
Yo seguía pensando en Paulina, en la desesperante estrechez en que vivíamos, en la pobreza que ella soportaba dulcemente y que me hacía sufrir mucho más. Decididamente, no comprendía yo a Daniel Brown, que lloraba con los bolsillos repletos.
-Usted, ¿es pobre?
Habíamos atravesado el salón y entrábamos en un angosto pasillo, oscuro y con un leve olor de humedad. Al trasponer la cortina gastada, mi acompañante volvió a preguntarme:
-Usted, ¿es muy pobre?
-En este día -le contesté-, las entradas al cine cuestan más baratas que de ordinario y, sin embargo, si supiera usted qué lucha para decidirme a gastar ese dinero. Paulina se ha empeñado en que viniera; precisamente por discutir con ella llegué tarde al cine.
-Entonces, un hombre que resuelve sus problemas tal como lo hizo Daniel, ¿qué concepto le merece?
-Es cosa de pensarlo. Mis asuntos marchan muy mal. Las personas ya no se cuidan de vestirse. Van de cualquier modo. Reparan sus trajes, los limpian, los arreglan una y otra vez. Paulina misma sabe entenderse muy bien. Hace combinaciones y añadidos, se improvisa trajes; lo cierto es que desde hace mucho tiempo no tiene un vestido nuevo.
-Le prometo hacerme su cliente -dijo mi interlocutor, compadecido-; en esta semana le encargaré un par de trajes.
-Gracias. Tenía razón Paulina al pedirme que viniera al cine; cuando sepa esto va a ponerse contenta.
-Podría hacer algo más por usted -añadió el nuevo cliente-; por ejemplo, me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra...
-Perdón -contesté con rapidez-, no tenemos ya nada para vender: lo último, unos aretes de Paulina...
-Piense usted bien, hay algo que quizás olvida...
Hice como que meditaba un poco. Hubo una pausa que mi benefactor interrumpió con voz extraña:
-Reflexione usted. Mire, allí tiene usted a Daniel Brown. Poco antes de que usted llegara, no tenía nada para vender, y, sin embargo...
Noté, de pronto, que el rostro de aquel hombre se hacía más agudo. La luz roja de un letrero puesto en la pared daba a sus ojos un fulgor extraño, como fuego. Él advirtió mi turbación y dijo con voz clara y distinta:
-A estas alturas, señor mío, resulta por demás una presentación. Estoy completamente a sus órdenes.
Hice instintivamente la señal de la cruz con mi mano derecha, pero sin sacarla del bolsillo. Esto pareció quitar al signo su virtud, porque el diablo, componiendo el nudo de su corbata, dijo con toda calma:
-Aquí, en la cartera, llevo un documento que...
Yo estaba perplejo. Volvía a ver a Paulina de pie en el umbral de la casa, con su traje gracioso y desteñido, en la actitud en que se hallaba cuando salí: el rostro inclinado y sonriente, las manos ocultas en los pequeños bolsillos de su delantal. Pensé que nuestra fortuna estaba en mis manos. Esta noche apenas si teníamos algo para comer. Mañana habría manjares sobre la mesa. Y también vestidos y joyas, y una casa grande y hermosa. ¿El alma?
Mientras me hallaba sumido en tales pensamientos, el diablo había sacado un pliego crujiente y en una de sus manos brillaba una aguja.
"Daría cualquier cosa porque nada te faltara." Esto lo había dicho yo muchas veces a mi mujer. Cualquier cosa. ¿El alma? Ahora estaba frente a mí el que podía hacer efectivas mis palabras. Pero yo seguía meditando. Dudaba. Sentía una especie de vértigo. Bruscamente, me decidí:
-Trato hecho. Sólo pongo una condición.
El diablo, que ya trataba de pinchar mi brazo con su aguja, pareció desconcertado:
-¿Qué condición?
-Me gustaría ver el final de la película -contesté.
-¡Pero qué le importa a usted lo que ocurra a ese imbécil de Daniel Brown! Además, eso es un cuento. Déjelo usted y firme, el documento está en regla, sólo hace falta su firma, aquí sobre esta raya.
La voz del diablo era insinuante, ladina, como un sonido de monedas de oro. Añadió:
-Si usted gusta, puedo hacerle ahora mismo un anticipo.
Parecía un comerciante astuto. Yo repuse con energía:
-Necesito ver el final de la película. Después firmaré.
-¿Me da usted su palabra?
-Sí.
Entramos de nuevo en el salón. Yo no veía en absoluto, pero mi guía supo hallar fácilmente dos asientos.
En la pantalla, es decir, en la vida de Daniel Brown, se había operado un cambio sorprendente, debido a no sé qué misteriosas circunstancias.
Una casa campesina, destartalada y pobre. La mujer de Brown estaba junto al fuego, preparando la comida. Era el crepúsculo y Daniel volvía del campo con la azada al hombro. Sudoroso, fatigado, con su burdo traje lleno de polvo, parecía, sin embargo, dichoso.
Apoyado en la azada, permaneció junto a la puerta. Su mujer se le acercó, sonriendo. Los dos contemplaron el día que se acababa dulcemente, prometiendo la paz y el descanso de la noche. Daniel miró con ternura a su esposa, y recorriendo luego con los ojos la limpia pobreza de la casa, preguntó:
-Pero, ¿no echas tú de menos nuestra pasada riqueza? ¿Es que no te hacen falta todas las cosas que teníamos?
La mujer respondió lentamente:
-Tu alma vale más que todo eso, Daniel...
El rostro del campesino se fue iluminando, su sonrisa parecía extenderse, llenar toda la casa, salir del paisaje. Una música surgió de esa sonrisa y parecía disolver poco a poco las imágenes. Entonces, de la casa dichosa y pobre de Daniel Brown brotaron tres letras blancas que fueron creciendo, creciendo, hasta llenar toda la pantalla.
Sin saber cómo, me hallé de pronto en medio del tumulto que salía de la sala, empujando, atropellando, abriéndome paso con violencia. Alguien me cogió de un brazo y trató de sujetarme. Con gran energía me solté, y pronto salí a la calle.
Era de noche. Me puse a caminar de prisa, cada vez más de prisa, hasta que acabé por echar a correr. No volví la cabeza ni me detuve hasta que llegué a mi casa. Entré lo más tranquilamente que pude y cerré la puerta con cuidado.
Paulina me esperaba.
Echándome los brazos al cuello, me dijo:
-Pareces agitado.
-No, nada, es que...
-¿No te ha gustado la película?
-Sí, pero...
Yo me hallaba turbado. Me llevé las manos a los ojos. Paulina se quedó mirándome, y luego, sin poderse contener, comenzó a reír, a reír alegremente de mí, que deslumbrado y confuso me había quedado sin saber qué decir. En medio de su risa, exclamó con festivo reproche:
-¿Es posible que te hayas dormido?
Estas palabras me tranquilizaron. Me señalaron un rumbo. Como avergonzado, contesté:
-Es verdad, me he dormido.
Y luego, en son de disculpa, añadí:
-Tuve un sueño, y voy a contártelo.
Cuando acabé mi relato, Paulina me dijo que era la mejor película que yo podía haberle contado. Parecía contenta y se rió mucho.
Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de nuestra casa.